LA PLAZA DEL DIAMANTE MERC RODOREDA PDF

La plaza del Diamante era uno de ellos. Pero primero, releer. Lo hace. El cielo azul.

Author:Jumi Darn
Country:Great Britain
Language:English (Spanish)
Genre:Finance
Published (Last):24 April 2005
Pages:301
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ISBN:659-9-73720-912-7
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My dear, these things are life MEREDITH 1 La Julieta vino expresamente a la pastelera para decirme que, antes de rifar el ramo, rifaran cafeteras; que ella ya las haba visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad, enseando los gajos. Yo no tena ganas de ir a bailar, ni tena ganas de salir, porque me haba pasado el da despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolan de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas.

Y porque conoca a la Julieta, que no tena miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompaarla quieras que no, porque yo era as, que sufra si alguien me peda algo y tena que decirle que no.

Iba de blanco de pies a cabeza; el vestido y las enaguas almidonadas, los zapatos como un sorbo de leche, las arracadas de pasta blanca, tres pulseras de aro que hacan juego con las arracadas y un bolso blanco, que la Julieta me dijo que era de hule, con el cierre haciendo como una concha de oro.

Cuando llegamos a la plaza ya tocaban los msicos. El techo estaba adornado con flores y cadenetas de papel de todos los colores: una tira de cadeneta, una tira de flores. Haba flores con una bombilla dentro y todo el techo pareca un paraguas boca abajo, porque las puntas de las tiras, por los lados, estaban atadas ms arriba que en el centro, donde todas se juntaban.

La cinta de goma de las enaguas, que tanto trabajo me haba costado pasar con una horquilla que se enganchaba, abrochada con un botoncito y una presilla de hilo, me apretaba. Ya deba de tener una seal roja en la cintura. De vez en cuando respiraba hondo, para ensanchar la cinta, pero en cuanto el aire me sala por la boca la cinta volva a martirizarme.

El entarimado de los msicos estaba rodeado de esparragueras que hacan de barandilla, y las esparragueras estaban adornadas con flores de papel atadas con alambre delgadito.

Y los msicos, sudados y en mangas de camisa. Mi madre muerta haca aos y sin poder aconsejarme y mi padre casado con otra. Mi padre casado con otra y yo sin madre, que slo haba vivido para cuidarme. Y mi padre casado y yo jovencita y sola en la Plaza del Diamante, esperando a que rifasen cafeteras, y la Julieta gritando para que la voz pasase por encima de la msica, no te sientes, que te arrugars! Casi sin darme cuenta contest que no saba y me volv para mirar.

Me top con una cara que de tan cerca como la tena no vi bien cmo era, pero era la cara de un muchacho. Es igual, me dijo, yo s mucho y la ensear. Pens en el pobre Pere que en aquellos momentos estara encerrado en el stano del Coln cocinando con delantal blanco, y dije tontamente: Y si mi novio se entera? El muchacho se puso todava ms cerca y dijo riendo, tan jovencita y ya tiene novio?

Y cuando se ri los labios se le estiraron y le vi todos los dientes. Tena unos ojitos de mono y llevaba una camisa blanca con rayitas azules, arremangada sobre los codos y con el botn del cuello desabrochado. Y aquel muchacho de pronto se volvi de espaldas se puso de puntillas y mir de un lado a otro y se volvi hacia m y dijo, perdone, y se puso a gritar: Eh!

Estaba al lado de los msicos! En una silla! Y me dijo que le haban quitado la Merc Rodoreda La plaza del diamante americana y que volva en seguida y que si quera hacer el favor de esperarle. Se puso a gritar. La Julieta, de color de canario, con bordados verdes, sali de no s dnde y me dijo: tpame que me tengo que quitar los zapatos Le dije que no me poda mover porque un joven buscaba la americana y que estaba empeado en bailar conmigo me haba dicho que le esperase.

Y la Julieta me dijo, baila, baila Y haca calor. Los chiquillos tiraban cohetes y petardos por las esquinas. En el suelo haba pipas de sanda y por los rincones cscaras de sanda y botellas vacas de cerveza y por los terrados tambin encendan cohetes.

Y por los balcones. Vea caras relucientes de sudor y muchachos que se pasaban el pauelo por la cara. Los msicos tocaban, contentos. Todo como en una decoracin. Y el pasodoble. Me encontr yendo abajo y arriba, como si viniese de lejos estando tan cerca, sent la voz de aquel muchacho que me deca, ve usted como s sabe bailar?

Y senta un olor de sudor fuerte y un olor de agua de colonia evaporada. Y los ojos de mono brillando al ras de los mos y a cada lado de la cara la medallita de la oreja.

La cinta de goma clavada en la cintura y mi madre muerta y sin poder aconsejarme, porque le dije a aquel muchacho que mi novio haca de cocinero en el Coln y se ri y me dijo que le compadeca mucho porque dentro de un ao yo sera su seora y su reina.

Y que bailaramos el ramo en la Plaza del Diamante. Mi reina, dijo. Y dijo que me haba dicho que dentro de un ao sera su seora y que yo ni le haba mirado, y le mir y entonces dijo, no me mire as, porque me tendrn que levantar del suelo y fue cuando le dije que tena ojos de mono y venga a rer. La cinta en la cintura pareca un cuchillo y los msicos, tarar! Y la Julieta no se vea por ninguna parte. Y yo sola con aquellos ojos delante, que no me dejaban.

Como si todo el mundo se hubiese convertido en aquellos ojos y no hubiese manera de escapar de ellos. Y la noche avanzaba con el carro de las estrellas y la fiesta avanzaba y el ramo y la muchacha del ramo, toda azul, girando y girando Mi madre en el cementerio de San Gervasio y yo en la Plaza del Diamante Vende cosas dulces? Miel y confitura? Y los msicos cansados dejaban las cosas dentro de las fundas y las volvan a sacar de dentro de las fundas porque un vecino pagaba un vals para todo el mundo y todos como peonzas.

Cuando el vals se acab la gente empez a salir. Yo dije que haba perdido a la Julieta y el muchacho dijo que l haba perdido al Cintet y dijo, cuando estemos solos, y todo el mundo est metido dentro de sus casas y las calles vacas, usted y yo bailaremos un vals de puntas en la Plaza del Diamante Me le mir muy incomodada y le dije que me llamaba Natalia y cuando le dije que me llamaba Natalia se volvi a rer y dijo que yo slo poda tener un nombre: Colometa.

Entonces fue cuando ech a correr y l corra detrs de m, no se asuste Y mi madre muerta y yo parada como una tonta y la cinta de goma en la cintura apretando, apretando como si estuviese atada en una ramita de esparraguera con un alambre.

Y ech a correr otra vez. Y l detrs de m. Las tiendas cerradas con la persiana ondulada delante y los escaparates llenos de cosas quietas, tinteros y secantes y postales y muecas y tela extendida y cacharros de aluminio y gneros de punto Y salimos a la calle Mayor, y yo arriba, y l detrs de m y los dos corriendo, y al cabo del tiempo todava a veces lo explicaba, la Colometa, el da que la conoc en la Plaza del Diamante, arranc a correr y delante mismo de la parada del tranva, pataplaf!

La presilla de hilo se rompi y all se quedaron las enaguas. Salt por encima, estuve a punto de enredarme un pie en ellas y venga correr como si me persiguieran todos los demonios del infierno.

Llegu a casa y a oscuras me tir en la cama, en mi cama de soltera, de latn, como si tirase una piedra. Me daba vergenza. Cuando me cans de tener vergenza, me quit los zapatos de un puntapi y me deshice el pelo. Y Quimet, al cabo del tiempo todava lo explicaba como si fuese una cosa que acabase de pasar, se le rompi la cinta de goma y corra como el viento Merc Rodoreda La plaza del diamante 2 Fue muy misterioso.

Me haba puesto el vestido de color de palo de rosa, un poco demasiado ligero para aquel tiempo, y tena la piel de gallina cuando esperaba a Quimet en una esquina.

Desde detrs de una persiana de librillo, al cabo de un rato de hacer el pasmarote, me pareci que alguien me miraba porque vi cmo los librillos de un lado se movan un poco. Haba quedado con Quimet en que nos encontraramos junto al Parque Gell. Sali un nio de un portal, con un revlver en el cinturn y una escopeta apuntada y pas rozndome la falda y gritando, meeequi Bajaron las maderas de la persiana, la persiana se abri de par en par, y un.

Para estar ms segura me puse un dedo en el pecho como sealndome, y, mirndole, dije bajito, yo? Sin orme me entendi y dijo que s con la cabeza, que la tena preciosa, y atraves la calle y me acerqu a l. Cuando estuve al pie del balcn el joven me dijo: entra, que echaremos una siestecita. Me puse de mil colores y me di la vuelta enfadada, sobre todoconmigo misma, y con angustia, porque senta que el joven me miraba la espalda y me atravesaba la ropa y la piel.

Me puse demanera que el joven del pijama no me viese, pero tena miedo de que, estando as medio escondida, el que no me viese fuese el Quimet. Pensaba en lo que pasara, porque era la primera vez que tenamos que encontrarnos en un parque.

Por la maana no haba dado pie con bola pensando en la tarde porque tena un desasosiego que no me dejaba vivir. Quimet me haba dicho que nos encontraramos a las tres y media y no lleg hasta las cuatro y media; pero no le dije nada porque pens que a lo mejor lo haba entendido mal y que la que se haba equivocado era yo y como l no dijo ni media palabra de excusa No me atrev a decirle que los pies me dolan de tanto estar parada porque llevaba zapatos de charol, muy calientes, y que un joven se haba tomado algunas libertades.

Empezamos a subir sin decirnos ni una triste palabra y cuando estuvimos arriba de todo se me pas el fro y la piel se me volvi a poner lisa como siempre. Le quera explicar que haba reido con el Pere, que todo estaba arreglado. Nos sentamos en un banco de piedra en un rincn escondido, entre dos rboles cargados de hojas, con un mirlo que sala de abajo, iba de un rbol a otro dando pequeos gritos, un poco roncos, y estbamos un rato sin verle hasta que volva a salir de abajo cuando ya no pensbamos en l, y volva a hacer lo mismo.

Sin mirarle, por el rabillo del ojo, vea a Quimet que miraba las casas, pequeas y lejos. Por fin dijo, no te da miedo este pjaro? Le dije que me gustaba mucho y l me dijo que su madre siempre le haba dicho que los pjaros negros traan desgracias, aunque fuesen mirlos.

Todas las dems veces que me haba visto con Quimet, despus del primer da en la Plaza del Diamante, la primera cosa que me preguntaba, echando la cabeza y el cuerpo hacia adelante, era si ya haba reido con el Pere. Y aquel da no me lo preguntaba y yo no saba de qu manera empezar a decirle que ya le haba dicho al Pere que lo nuestro no poda ser. Y me dola mucho habrselo dicho, porque el Pere se haba quedado como una cerilla cuando despus de haberla encendido la soplan.

Y cuando pensaba que haba reido con el Pere tena una pena dentro y esa pena me haca darme cuenta de que haba hecho una mala accin. Seguro: porque yo que me haba sentido muy tranquila por dentro, cuando me acordaba de la cara que haba puesto el Pere, senta como un dolor muy hondo, como si en el medio de mi paz de antes se abriese la puertecita de un nido de escorpiones y los escorpiones saliesen a mezclarse con la pena y a hacerla punzante y a derramrseme por la sangre y a ponrmela negra.

Porque el Pere, con la voz estrangulada y las nias de los ojos con un color empaado que le temblaba, me dijo que le haba deshecho la vida. Que le haba convertido en un poco de barro, en nada. Y mirando al mirlo fue cuando el Quimet empez a hablar del seor Gaud, que su padre le haba conocido el da que le aplast el tranva, que su padre haba sido uno de los que le haban llevado al hospital, pobre seor Gaud, tan buena persona, mira que muerte ms miserable

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Mercè Rodoreda

Des de llavors comencen a sortir. Arriba el casament. El pare escull el nom, Antoni. Un dia en Quimet es troba un colom ferit i decideix provar de criar coloms. Llavors munta un colomer a la terrassa i comencen a multiplicar-se els coloms.

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